El abrazo del vampiro

M

Carezco de la virtud que hace ver hermosas las cosas que no lo son. Sobre la belleza poseo un sentido a salvo del desencanto o de la flaqueza. Puedo estar sufriendo la depresión más dolorosa y apreciar con absoluto detalle la belleza si se cruza ante mí. Me puedo limpiar de arriba a abajo asistiendo a la ceremonia de lo bello. Una de las razones por las que vivir es un oficio tan maravilloso es la de estar continuamente zarandeado por la belleza, perturbado por ella. Quien no posee esta virtud que yo sí amaso pierde una parte considerable de felicidad. Es posible que yo me pierda alguna de las otras partes. Mi descreimiento religioso hará que me pierda el deslumbramiento de la fe, que no dudo apabullante, esplendoroso. Yo me sublimo con la belleza al modo en que otros lo hacen con sus dioses. El dios al que yo me inclino está a diario circundándome. No he observado, en los años que llevamos de trato, que me abandone, no he sentido la sensación de que me evite. El lenguaje con el que la belleza me habla requiere, no obstante, cierto aprendizaje. La destreza en la que me he ido esmerando me permite, por ejemplo, escuchar sin cansancio un aria de Bach y no flojear en el empeño, sin que el hartazgo malogre la experiencia acústica. Me permite leer a Borges sin pensar en todo lo que sé de Borges. Me permite sentarme en una sala oscura o en el émulo que dispongo en el salón de mi casa (confortable, óptimo, muy de mi gusto) y disfrutar de la soledad del coronel Kurtz, en el corazón de las tinieblas, río arriba. Tengo el corazón acostumbrado a que se agite pecho adentro. Está hecho a que Bach, Borges o Kurtz lo visiten con frecuencia.

No sé la cantidad de veces en que el dolor que haya podido sentir por alguna circunstancia ha sido paliado por la cercanía de la belleza. Soy de la opinión de que el amor, que es una extensión de la belleza, quizá la más relevante, no solo mueve el sol y también las estrellas, como pensaba Dante al recrearse en su Beatriz, sino que también hizo el mundo. No hablo de un amor divino, fácilmente traducible a los textos que despachan los sacerdotes en las iglesias. Es un amor escéptico, un amor etéreo, que no se deja atrapar por la conveniencia de un plan cósmico, de días y de noches persiguiéndose. Yo hablo del amor privado, del que no se puede ni explicar incluso, de ese tipo de amor que te congracia con el cosmos a poco que lo sientes y te hace entender las cosas que no están jamás al alcance de nuestra inteligencia. Anoche, a muy avanzadas horas, volví a ver M. el vampiro de Düsseldorf, la obra maestra de Fritz Lang. No soy capaz de encontrar las palabras que expliquen cómo me sentí cuando, en la cama, fui conciliando el sueño, pensando en lo que se me había concedido, vislumbrando el secreto de las cosas, el más tapado, el que se prefigura como inasible y que, una vez atrapado, te acompaña siempre.

Al cine le debo ser lo que soy. Podrán estar los libros o la música a la vera de de su deuda, escoltándola, sintiéndose también parte, pero es el cine el que me salva, el que me transporta, el que me susurra al oído las palabras de amor que anhelo. Tengo tanta confianza en que ese estado de las cosas no va a desmoronarse nunca que no le hago caso al hecho de que últimamente vea menos cine. De hecho es la época de mi vida en que menos cine veo. No sé la causa, no la he pensado mucho. Quizá la lectura o la devoción que uno siente por la maravillosa oferta de series televisivas, que te abducen al modo en que el folletín decimonónico vampirizaba al pueblo y lo hacía escapar de sus penurias, dejándolo mecido por los vapores reconfortantes de la ficción. Al final estamos hablando de lo mismo. Llevamos años diciendo las mismas cosas. No hemos hecho otra cosa que escribir de mil formas diferentes el mismo texto, pero me siento cada vez más a gusto reformándolo, considerando la posibilidad de que algo que no he dicho con la suficiente contundencia pueda ser expresado en alguna de esas tentativas cernientes.

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