House of cards

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A pesar de que House of cards juega desde el primer capítulo con las cartas boca arriba, sin dejar espacio al consuelo, el capítulo de ayer me dejó planchado. Fue como una revelación fundante, una alineación planetaria en la que ves nítido y distinto la meridiana lógica del mal. Y fíjense ustedes que el que escribe no cree en maniqueísmos ni esencialismos morales. Entiendo que el universo más bien se rige por una indeterminación sin reglas ni capricho. Sé bien que es uno quien debe poner luz y dirección en ese guión sin concierto que es la vida, a través de esos actos contingentes, pero nuestros, que componen la existencia de cada cual.

Viendo House of cards claudicas en el intento de conceder crédito y legitimidad al trasunto político, y se te revela, por la ciencia infusa del guionista, que todo cuando sucede en ese universo lo hace no por una mera obediencia al frío interés o un egoísmo sordo al dolor ajeno; no, su naturaleza es aún más oscura y determinista, es ontológica. Decía el filósofo Anselmo de Canterbury que se puede demostrar que Dios existe por el solo hecho de que puede ser pensado. Igualmente, el guionista de House of cards, a causa de haber ideado en su mente esta trama maquiavélica, ipso facto la hace real, o por lo menos posible, potencialmente realizable.

El poder convierte al que se entrega a él en sumiso esclavo de su artificio, compensado no por la ambrosía del dinero, sino por el mero placer que otorga estar por encima del resto de mortales, subyugándoles como piezas en un juego de rol. El congresista Francis Underwood (Kevin Spacey) se dirige a nosotros (el espectador), entregado con insano placer a sus maquinaciones, explicándonos la lógica que dirige el ejercicio del poder. Este didactismo del mal es en realidad un espejo a través del cual el protagonista alimenta su propia vanidad; se habla a sí mismo, sin justificarse. Nosotros somos su público, el perplejo espectador que asiste, boca desencajada, al espectáculo de la vida. Underwood es un Fausto sin oferta; él mismo se encarna en este político, presentándonos su obra, como Cristo sobre lo alto de la montaña, escuchando al Diablo. Solo que en esta ocasión no nos seduce, sino que nos advierte: ¡Ves, todo esto no puede ser tuyo, tú solo puedes asistir pasivamente al espectáculo! ¡Solo serás víctima de su cruel naturaleza! ¡Apártate o muere!

No hay concesiones morales ni tablas salvíficas en House of cards. El ciudadano que vive en democracia cree estar protegido por instituciones que a su vez están asentadas en la perenne roca de una Constitución garantista y moralmente intachable. Si Dios existe, estamos a salvo. Solo aquel que cruza el Rubicón sabe qué se cuece más allá de esta capa superficial, de esta narrativa que sacraliza el interés general y convierte al ciudadano en creyente acrítico; y si das ese paso, o asestas el golpe o mueres. Para que vivas bien, debes dejar que nosotros hagamos lo que se debe. Sin milongas, a pelo y a destajo. Maquiavelo redux. Tú obtienes tu bienestar, nosotros la gloria. Tú te permites vivir bajo reglas morales que disipan tu remordimiento, mientras nosotros aparcamos la eticidad para que el mecanismo siga funcionando. Asúmelo, madura, parece querernos decir Underwood cada vez que nos mira. No puedes hacer nada por impedirlo. Solo apártate y recoge las migajas cuando caigan al suelo.

Pero lo más paradójico de esta lectura del universo político no es que se asiente sobre despojos morales; esto ya lo intuíamos. No, lo aciago es que nuestro propio bienestar se asienta en esa lógica, la necesita. Cada uno de nosotros somos peones impotentes, espectadores y beneficiarios de su ópera de despropósitos. Solo puedes recibir o apartarte. Y si decides jugar, asume las consecuencias de un gancho certero. La ciudadanía somos, en definitiva, meros agentes pasivos del mal; recogemos las sobras que nos regalan y nada podemos hacer para que ellos hagan y deshagan a gusto.

En House of cards, el personaje que más acojona no es el congresista Underwood, no. El verdadero eje del mal está representado en la figura de su fría y despiadada esposa, Claire (Robin Wright), quien nunca tiembla a la hora de poner entre paréntesis sus pasiones cuando lo que está en juego es acabar dirigiendo los designios del mundo civilizado. Esta diabólica pareja aplica su escarpelo sobre todo aquel que se cruza en su camino; los cadáveres se les amontonan a medida que va creciendo el metraje de la serie. Son una especie de peste negra rodeada de otras muchas fuentes infecciones que pululan por el ecosistema de la Casa Blanca.

House of cards presenta el universo político norteamericano como una tragedia autocomplaciente, aderezada de una estética en clave de comedia azabache. Cada personaje asume sin resistencia el papel que le otorga el presente; juega sus cartas con arrojo, sin miramientos, y se retira cuando pierde, si es que antes no es arrollado por rivales más sagaces e implacables. Leyes, reglas, normas y códigos morales son tan solo la superficie publicitaria que sirve al poder para tener al ciudadano contento y contenido dentro de unos límites sostenibles. Solo necesitas ver un capítulo de House of cards para darte cuenta de que solo te caben dos opciones:

1. El cinismo, es decir, entregarte sin resistencia a esta lógica, aprovechando la tajada que el poder tenga a bien regalarte. Ser parte de la obra, si se puede, o arrimarse sin riesgos. Incluso aplaudirla para tus adentros, mientras en público te sonroja su inmoralidad.

2. El anarquismo solipsista, es decir, reconocer que nuestro sistema político no se asienta sobre valores morales, sino sobre sangre derramada, no siempre de inocentes. Y que nada podemos hacer por cambiar este estado de cosas, salvo huir, refugiarnos en la caverna de lo privado y cruzar los dedos para que no nos alcance su rayo.

En cualquier caso, House of cards es en definitiva un producto conservador, pese a la impúdica presentación que hace del universo político. Reduce a cero la posibilidad de que el ciudadano pueda revertir este estado de cosas, siquiera arañarlo. Y advierte de las consecuencias de intentarlo. La decadencia del poder es presentada no como un mero déficit moral (eso es evidente), sino como una realidad objetiva ante la que solo podemos asentir.

Ramón Besonías
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Un comentario en “House of cards

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