Sugarpuss y los siete enanitos

Annex - Stanwyck, Barbara (Ball of Fire)_NRFPT_01

No creo que Sugarpuss sea un nombre decente, pero ese es el apodo de la Blancanieves que hace peligrar la vida recogida de los enanitos que,  escondidos, a salvo de la realidad, escriben una enciclopedia sobre esa misma realidad de la que se esconden. Yo creo que hay mucha gente así en el mundo. Gente que habla de la familia a fondo sin tener una sobre la que construir la lucidez de sus reflexiones o gente que escribe de oídas sobre lo que le dicen y que no acaban de encontrar un estilo propio. Sugarpuss llega a la residencia de estos nobles vejetes para decirles que el mundo sigue girando afuera y que no se puede vivir a oscuras, enterrados en libros, escribiendo más libros con los que enterrarse ellos y enterrar a más gente.

Lo mejor de la comedia de Howard Hawks (Ball of fie, Bola de fuego, 1941) es que está absolutamente de moda. Lo que busca Potts, un Gary Cooper brillante, es que el slang, el habla de la calle, lo que se cuece y lo que se lleva en los bares y en las colas de las charcuterías entre en el libro que están escribiendo. La vida está en los tugurios de strippers, la vida está en los combates de boxeo amañados, la vida es cine negro, pero todos los cerebros de esa casa encantadora viven encapsulados, lejos de los sitios en donde bulle la sangre.

A veces me da por pensar que todos somos enanitos y que el fucking google está malogrando la posibilidad de que veamos combates de boxeo amañados, veamos strippers cimbreando el culo a dos palmos de nuestras narices o asistamos al espectáculo de una oreja cercenada, comida por las hormigas, en un jardín de un barrio rico. Lo que hacemos es verlo todos en el recinto de una pantalla. Estamos a un tris de que la realidad sea suplantada por el amago de realidad que procuran los indexadores del google o los hashtags de las redes sociales. No tenemos ninguna Sugarpuss que nos saque del embobamiento, nos desenvicie de los artilugios tecnológicos y nos empuje (a patadas) al barro. Ya solo estamos dispuestos a ver el barro en una pantalla led de muchas pulgadas, restituido con la mayor definición posible. El 4k va a hacer que se nos disloque un ojo. Los dos.

El cine es una fuente inagotable de reflexión. Vista con perspectiva, Bola de fuego es una muestra formidable de la mejor comedia americana, pero es también una evidencia del peligro que supone ignorar la realidad, vivir al margen de las modas bastardas. Incluso de ésas o quizá precisamente ésas. Recuerdo haber visto Bola de fuego en una televisión en blanco y negro, en mi dormitorio de hijo todavía no emancipado. Al comprar mis padres una televisión en color (una esplendorosa, entonces, Grundig) me dejaron la Inter del año del baúl de la Piquer, que quedó acoplada a una mesa camilla, estropeando cualquier composición estilosa, pero dándole a mi dormitorio una ventana al mundo. Era un tipo de ventana muy estrecha, lo admito ahora, pero me permitía engolfarme con los terrores favoritos de Ibáñez Serrador o con los prodigiosas, dónde están, ya no los hay, ciclos de cine que la segunda cadena programaba día sí, día también. En una de esas noches mágicas, de invierno crudo, bien arropado en la cama, vi Bola de fuego. Creo que no parpadeé. Me pareció (entonces) la mejor película del mundo. Sigo pensando que es una de las grandes, aunque yo la he endiosado por el hecho de que la viera en una circunstancias personales muy especiales, justo en la época en la que uno comienza a forjar su propia cinefilia.

No sé cómo la vería hoy, de qué extraño modo me sentiría enfrentado a un argumento que me sé de memoria y a unas imágenes que no se me han borrado lo más mínimo. Hay películas que no envejecen y esta es una de ellas. Sigue intacta, ofrece íntegramente el mensaje que pretendía y causa la misma sesión de humor que en los los años cuarenta o cuando yo, en los primerísimos ochenta, la vi en mi cama, a salvo también del mundo, cuando todavía no había visto ningún combate amañado, ustedes me están entendiendo.

La tengo por ahí, en DVD, en una balda, no sé cerca de qué otras joyas de la memoria sentimental. A veces me da por ordenar las películas siguiendo cierto patrón. Sería incapaz de colocar la obra maestra de Howard Hawks con Novecento, la de Bertolucci, por ejemplo. Creo que se empujarían, acabarían invadiéndose, creando una obra nueva. Sugarpuss me sigue pareciendo la imagen más viva del pecado. Billy Wilder sabía que si no había pecado, no había interés en seguir una trama. La de la vida es una trama que sigue muy fielmente los modos del maestro Wilder. Sugarpuss se está poniendo una media aquí al lado. Perdonen, voy a ir cerrando el post y echar un vistazo.

Emilio Calvo de Mora
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3 comentarios en “Sugarpuss y los siete enanitos

  1. Sugarpuss es un ángel sin alas, redentora sin quererlo. Pero no solo estos ‘enanitos de pajarita’ salen ganando. Opera en Sugarpuss el mismo mecanismo redentor. Aquella caverna de intelectuales deviene en el hogar que nunca tuvo, en el cariño que nadie le regaló. ¿Quién redime a quién? La salvación es bidireccional. Aquellos que viven encerrados en la ficción necesitan del arbitrio de lo real para no ser devorados por la palabra; y Sugarpuss, criada en la prosaica prosa de la calle, busca refugio, sin saberlo, en el feto prodigioso de esos entrañables eruditos. Ficción y realidad se necesitan, Emilio. La realidad, sin el auxilio de lo posible, se convierte en carne al peso. Y la ficción, sin el eco de lo real, deviene en hueco esteticismo, juego provisional o falacia perlocutiva.

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