Aprendiz de gigoló

Fading gigolo

Bajo un título que induce a engaño, pensado para atraer espectadores en busca de sal gorda, se revela una historia que ofrece un plato agridulce. Fading gigolo tiene más de aperitivo que de almuerzo proteico, pero la carga emocional que se sugiere tras el envoltorio contiene cargas de profundidad que sostienen la fragilidad de la historia.

Sale uno de la sala con ganas de más, con la sensación de haber degustado una tapa para abrir boca, suave al paladar pero insuficiente. Tras la experiencia te quedas con el placer de los detalles, pero no con la impresión de haber visto una película que sacie. Fading gigolo es un relato corto, entremés más que primer plato.  Y quizá sea desde esa identidad como debemos apreciarla, no pedirle más porque nada más pretendía ofrecerte.

Esta falta de pretensiones no resta, sin embargo, goce a esta pieza menor, pero honesta. Quizá -para gustos los colores- hubiera aportado un tono más equilibrado a la dulce amargura de la trama la eliminación del aderezo que aporta el chiste fácil y el trazo grueso de los personajes interpretados por Allen y Vergara. Pero entonces no hubiera sido la película de Turturro, quien -no sabemos si por voluntad propia o de los productores- quería evitar ofrecer un producto melancólico, alérgico para el público generalista. De ahí que Allen parezca más un reclamo publicitario que clave narrativa y estética del conjunto, y que los momentos de comedia parezcan un artificio prescindible dentro del hilo argumental.

Pero si vais al cine dispuestos a dejaros emocionar y sin más exigencias que la imagen desnuda, estos pecados se revelan como venial contingencia cuando se comparan con el prodigio de algunos momentos. Entre ellos, destacan los encuentros íntimos entre Turturro y Paradis, especialmente la escena que ilustra la imagen que podéis ver encima de este texto. Por cierto, ver a Paradis -frágil, extraña- compensa con diferencia los defectos.

Otro placebo de Fading gigolo es su banda sonora. Desde La violetera -guiño evidente a la película de Chaplin y en conexión con el oficio del protagonista-, pasando por My romance (de Gene Ammons), la deliciosa Le torrent (en la voz de la cantante y actriz italiana, Dalida) o esa versión de Tu si ‘na cosa grande, de Modugno, en voz de la propia Paradis. La paloma es una canción compuesta y escrita por un compositor vasco, Sebastián de Iradier y Salaverri, y es quizá una de las canciones más versionadas de la historia de la música.

Fading gigolo bien podría haberse titulado Kosher, porque su material primordial, el eje que mueve a todos sus personajes -a excepción del papel bufonesco de Allen- es el deseo frustrado, la automutilación emocional, la represión consentida. La esposa rica, cautiva en su soledad, que busca venganza y calor en el sexo payment. El nihilismo desesperado de una hembra neumática. El policía ortodoxo, fiel a las reglas de su comunidad, pero incapaz de expresar sus emociones. La viuda de un integrista, prisionera del fantasma de su esposo. Y ese librero interpretado por John Turturro, que por un extraño giro del azar -Allen, ejerciendo de Fausto putero- descubre la empatía y el amor que puede entregar y que hasta entonces desconocía. Todos ellos ciegos y sordos, anhelando sin saberlo una excusa redentora. Con estas emociones se teje la trama de Fading gigolo, pese al ruido argumental que lo acompaña y que despista al espectador, mitigando lo que podría haber sido un relato más sustancioso y revelador.

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